A partir de 1489 se producirán
profundos cambios en una sociedad que durante siete siglos había tenido como
horizonte el Islam. Por un lado la conquista por parte de los Reyes Católicos
del Valle del Almanzora y por otro la dura convivencia e incluso podríamos
hablar de lucha en todos los niveles entre los cristianos viejos y los moriscos
por la propiedad del mayor número posible de terreno de regadío, terreno que
era la base de la alimentación familiar, del crédito personal, del prestigio
social. Todo ello hay que unir la difícil inserción de las actividades
económicas moriscas en la economía castellana provocan un retroceso económico
afectando a la industria de la seda, de gran importancia en cantoria.Pero Los motivos que originaron la guerra aparte de los citados
anteriormente cabe citar la presión
ejercida sobre la comunidad morisca, intentando que abandonaran sus costumbres
y tradiciones. Sin olvidar las malas condiciones económicas -la cosecha de 1567
fue mala- y la situación de desventaja y agravio económico y social con
respecto a los cristianos viejos, la prohibición de vestir "a la
morisca", obligación de aprender castellano desde los cinco años,
prohibición de los Baños, de los ritos y ceremonias propias, de residir a menos
de cinco leguas de la costa, prohibición de celebrar los Viernes, etc.
la guerra se originó en las
Alpujarras lideradas por Aben Humeya y extendidas al Valle del Almanzora. En
Cantoria la proporción moriscos-cristianos viejos, era muy favorable a los
primeros. En 1570, doscientos cincuenta vecinos moriscos por cincuenta
cristianos viejos.
El encargado de aplacar la revelión en el Valle fue el Marqués de los Vélez, este contaba con la ayuda de su servidor Martín de Falces y su cargo un grupo armado de gentes de Lorca. La siguiente Crónica de Luis de Mármol y Carvajal está recogida en libro Séptimo, Capítulo XX de su “Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada” que relata el saqueo de Cantoria por estas gentes de Lorca:
“Habiendo
los de Lorca socorrido la fortaleza de Oria, y sacado la gente inútil que allí
había, quisieran mucho ir luego sobre la villa de Galera, sabiendo que los moriscos de allí estaban
alzados, y el daño que habían hecho en
los de Huéscar; y juntándose con los capitanes a consejo, no vinieron en ello, diciendo que no habían salido por aquel
efecto, ni era bien poner el estandarte
de su ciudad debajo del de don Antonio de Luna sin orden de su majestad. Y siendo avisado, que en la villa
de Cantoria había muchas mujeres, ropa y
ganados, y que tenían los moros una casa de munición, donde hacían pólvora, acordaron de ir sobre ella; y
repartiendo munición a los arcabuceros,
a media noche salieron de Oria con propósito de llegar a darles una alborada, por estar Cantoria
cuatro leguas de allí; mas es tan áspero
el camino, que no pudieron llegar hasta que ya era alto el día, porque les amaneció en Partaloba, y hallando
los moros apercibidos, pasaron con la gente en ordenanza por las huertas, y
caminando por el río abajo, descubrieron
la fortaleza de Cantoria, y vieron estar en la muralla y sobre los terrados mucha gente haciendo algazaras
con instrumentos y voces que atronaban
aquella tierra, y muchas banderas tendidas por las almenas; los cuales
comenzaron luego a tirar con dos tirillos de artillería que tenían. El alcalde mayor envió una compañía de
arcabuceros por una ladera arriba a que tomase un peñón que está a caballero de
la fortaleza; y con toda la otra gente se arrimó a la puerta del rebellin, y
comenzó a pelear con los de dentro, que
se defendían con escopetas y ballestas y hondas. Duró la pelea desde las siete de la mañana basta las dos de
la tarde. En este tiempo nuestra gente
ganó el peñón, y teniendo desde allí la muralla y los terrados a caballero, que
no se podía encubrir nadie de los que andaban de dentro, mataron algunos moros, y tuvieron lugar de
poder llegar los que estaban con el
alcalde mayor a desquiciar las puertas primeras del rebellin con rejas de arados y con hazadones y hachas, donde los
moros tenían metido todo el ganado. Y
entrando dentro, aunque de las saeteras y traveses del muro principal herían algunos soldados, se
metieron en la casa de la munición que
estaba entre los dos muros, y desbarataron el ingenio de refinar el
salitre y de hacer la pólvora, y pegaron
fuego al edificio y lo quemaron todo. Y
porque no se podía entrar la fortaleza sin artillería o escalas, sacaron
dos mil y setecientas cabezas de ganado
menudo y trescientas vacas, y se
retiraron. Y enviando delante a Martín de Molina con treinta caballos
y trecientos peones, que se alargase con
la cabalgada y procurase llegar aquella
noche al lugar de Güércal de Lorca, porque se tuvo entendido que acudirían muchos moros, según las grandes
ahumadas que hacían, llamándose unos a
otros por todo el río de Almanzora, caminó luego el alcalde mayor con toda la otra gente; y como cerca del lugar de
Alboreas se descubriesen cantidad de
enemigos, que venían al socorro de Cantoria, del río de Almanzora, y hallando
nuestra gente retirada, la seguían, estuvo un rato hecho alto para que el ganado tuviese lugar
de alargarse; y entre tanto envió algunos caballos a reconocer qué gente era la
que parecía, y tras dellos fue él propio, y reconoció cuatro banderas de moros
que iban algo arredradas, y parecía que caminaban a meterse en las huertas de
Alboreas, donde había un paso peligroso por la espesura de las arboledas y de
las acequias que cruzaban de una parte a otra sin puentes. Y temiendo que si
los moros tomaban aquel paso podrían hacerle daño, porque de necesidad habían
de ir las hileras desbaratadas, hizo muestra de aguardarlos para pelear a la
entrada de las huertas. A este tiempo había pasado ya la presa de la otra parte
de las huertas, y los moros, teniendo entendido que pues aquella gente hacía
alto para pelear, debía tenerles armada alguna emboscada, dejando el camino del
río, que llevaban, subieron a gran priesa por encima de una venta que dicen de
Bena Romana, y desde allí comenzaron a arcabucear a nuestra retaguardia. En
este lugar quisieran los de Lorca dar Santiago en los enemigos; mas el alcalde
mayor no lo consintió, diciendo que pasasen adelante; que él les daría orden
para ello en hallando disposición de sitio donde los caballos se pudiesen
revolver. Y habiendo pasado la venta y atravesado el río y un lodazar grande
que se hacía par della, llegando como media legua adelante cerca de donde dicen
el Corral, puso toda la gente en orden de batalla.
Los enemigos llegaron hechos una grande ala,
y como prácticos en la tierra, enviaron tres turcos de a caballo y cinco moros
de a pie que descubriesen nuestras ordenanzas y viesen la orden que llevaban y
el sitio y disposición en que estaban puestos; porque, como habían venido hasta
allí algo arredrados, aún no sabían bien con quién habían de pelear. Y
habiéndolos reconocido y descubierto una emboscada de infantería y de caballos
que el capitán Diego Mateo les había puesto a un lado del camino, pareciéndoles
que era poca gente, según la mucha que ellos traían, acometieron con grandes
alaridos, disparando sus escopetas y ballestas; mas los hombres de Lorca,
acostumbrados a no temer, habiendo hecho su oración y encomendándose a Dios,
dieron Santiago en ellos, y la caballería procuró atajarlos y entretenerlos con
su acometimiento mientras llegaba la infantería; y fue tan grande el ímpetu de
los unos y de los otros, que no tuvieron lugar de tirar más que una rociada de
arcabucería, porque llegaron luego a las manos; y peleando esforzadamente
caballos y peones, mataron algunos turcos y moros que venían de vanguardia, y
pusieron los otros en huida, y les tomaron cinco banderas. Peleó este día un
moro que llevaba la una destas banderas admirablemente, el cual estando pasado
de dos lanzadas y teniéndole atravesado con la lanza el alférez de la
caballería, con la una mano asida de la lanza del enemigo, y la otra puesta en
la bandera, estuvo gran rato lidiando, hasta que el alcalde mayor mandó a un
escudero que le atropellase, con el caballo, y caído en el suelo, jamás
pudieron sacarle de las manos la bandera mientras tuvo el alma en el cuerpo.
Estas banderas eran de los lugares de Códbar, Líjar, Albánchez, Purchena,
Serón, Tavernas, y Benitagla, y venía con ellas un hijo del Maleh (Capitán
de los Moriscos de la Alpujarra). Siendo pues los moros vencidos, y muertos
más de cuatrocientos y cincuenta de ellos, los otros se derribaron por unas
ramblas abajo, y por ser ya noche, no pudieron seguir los nuestros el alcance.
Murieron de nuestra parte dos soldados, y hubo heridos treinta y siete, y entre
ellos cinco escuderos y catorce caballos muertos: algunos desbarrigó un moro al
pasar por junto a una paredeja de piedra, estando cubierto con ella, con una
lanzuela en la mano. Y siendo ya anochecido, caminaron a paso largo hasta
alcanzar a Martín de Molina, y aquella noche se alojaron en Güércal de Lorca
con buenas guardas y centinelas. Allí recibió el alcalde mayor una carta de su
cabildo, encargándole que volviese a poner cobro luego en aquella ciudad,
porque había cada hora rebatos de moros; a la cual no quiso responder más de
enviar a Martín de Molina y a Pedro de Oliver con las nuevas del buen suceso.
Otro día a 13 de noviembre caminó la vuelta de Lorca, donde fueron todos
alegremente recibidos de los ciudadanos; y las banderas que se ganaron a los
moros quedaron por trofeo en aquella ciudad en memoria desta vitoria, y votó el
cabildo de los regidores de celebrar cada año la fiesta de señor san Millán,
por haber sido en el día de su festividad”.
El final de la guerra fue trágico para los moriscos, La revuelta fue aplacada por Don Juan de Austria y en marzo de 1570 Felipe II ordena la expulsión de los mismos del Reino de Granada. Los moriscos del Valle del Almanzora son deportados a Cuenca donde malviven y muchos mueren, los que no de enfermedades, de hambre. En 1610 se ordena la expulsión definitiva de todos los reinos de España.